La semilla es el eje fundamental de la producción moderna, ya que las investigaciones sobre la productividad de las variedades en condiciones agroclimáticas particulares forman parte de la ecuación de incremento en la productividad

Por Grupo Consultor de Mercados Agrícolas*

México. – La agricultura ha evolucionado a largo de siglos y hoy, vemos que esta actividad dista mucho de lo que fue hace tantos años. La agricultura es el resultado de la aplicación de técnicas, tecnologías y administración; en otras palabras, es un arte que por un lado intenta minimizar los costos de producción y riesgos inherentes y por el otro, maximizar la rentabilidad.

La producción de alimentos como granos, hortalizas y frutas, dependen de la suma de factores básicos: suelos, agua, semilla y luz solar, como fuente de energía. Con el tiempo, el ser humano descubrió que, agregando ciertos factores como fertilizantes, controlando el uso de agua y la temperatura o irradiación, podría incrementar la producción.

Asimismo, descubrió que conservando las semillas que se adaptaban mejor y generaban mayores rendimientos –para posteriormente cruzarlas con otras plantas con características deseables– se generaba un proceso de evolución o hibridación.

La semilla es el eje fundamental de la producción moderna, ya que las investigaciones sobre la productividad de las variedades en condiciones agroclimáticas particulares forman parte de la ecuación de incremento en la productividad y con ello, la minimización de los costos.

Sin embargo, por diversas razones, el uso de la semilla mejorada –que es certificada– en México tiene bajos niveles de adopción en la producción de granos comparado con el subsector hortofrutícola de México o la producción de granos de otros países.

En el caso de maíz, el uso de semillas mejoradas es menor al 60% de la superficie que se siembra; mismo caso, en la siembra de frijol. Dos de los cultivos más relevantes en la dieta del mexicano tienen una adopción baja del uso de semilla mejorada certificada.

El uso de semilla no certificada impacta de manera negativa en la producción de granos en el país y en la balanza comercial agroalimentaria.

México produce solamente 39 millones de toneladas de los 70 millones de toneladas de granos y oleaginosas que consume anualmente; esto quiere decir, que importa el 45% de sus necesidades de Estados Unidos y el resto del mundo, la cual podría sustituirse parcialmente con producción nacional.

Los productores, además de ver los beneficios en rendimientos de sus cosechas cuando siembran semillas certificadas, pueden estar seguros de que éstas pasaron por un proceso de seguimiento y comprobación del conjunto de actividades mediante las que se garantiza que las semillas se obtienen bajo métodos y procesos de producción, procesamiento y manejo poscosecha que aseguran su calidad genética, física, fisiológica y fitosanitaria, finalizando con la emisión de un certificado de calidad (etiqueta).

Al verificar su calidad genética, se garantiza la pureza e identidad varietal, su homogeneidad y estabilidad a través de las generaciones. Se asegura que la semilla esté libre de impurezas y semillas de otras especies; garantiza su sanidad, ausencia de patógenos y que está libre de enfermedades, así como su viabilidad y germinación. La certificación de semilla protege a los agricultores de comerciantes sin escrúpulos que de otra manera les venderían semilla de baja calidad o grano empaquetado como semilla.

En México se cuenta con el Servicio Nacional de Inspección y Certificación de Semillas (SNICS), adscrito a la Secretaría de Agricultura y Desarrollo Rural (Sader), el cual es el encargado de normar los procesos de supervisión, producción y registro de las semillas certificadas. A pesar de ser un organismo pequeño, tiene una responsabilidad muy alta por el valor del mercado que supervisa.

Lee el artículo completo en la edición 23 de Agro Orgánico: www.agroorganico.info

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